Louis Hector Berlioz
El Romanticismo tiene en Berlioz a una de sus figuras más representativas. Su vida, que podemos definir como novelesca junto a su ansia de independencia, se reflejan en una música que no admite reglas, destacando por la importancia concedida al timbre orquestal y a la inspiración literaria. Junto a Franz Liszt fue uno de los impulsores de la música programática.
Su padre —médico en Grenoble—, fue quien le transmitió su amor a la música, aprendiendo a tocar la flauta y la guitarra y a componer pequeñas piezas. En 1821 Berlioz, por iniciativa de su padre, se trasladó a París para estudiar medicina; carrera que no llegó a concluir para seguir la musical, en contra de la voluntad familiar. En 1825 es admitido en el Conservatorio, siendo discípulo de Jean François Lesneur y Anton Reicha; y, tras varias tentativas, consiguió en 1830, el prestigioso Premio de Roma, el mismo año que vio nacer la obra que lo consagró como uno de los compositores más originales: la Sinfonía fantástica, subtitulada Episodios de la vida de un artista. Obra de inspiración autobiográfica, fruto de su pasión, no correspondida, por la actriz británica Harriet Smithson; en ella encontramos todos los rasgos del estilo de Berlioz, desde su magistral conocimiento de la orquesta a su predilección por los extremos, la superación de la forma sinfónica tradicional y la subordinación a una idea extramusical. En ella, la orquesta se convierte en la gran protagonista: una orquesta de gran riqueza, llena de sorprendentes hallazgos tímbricos y de combinaciones sonoras de gran novedad, que en posteriores trabajos ampliará y refinará, y que hallaron en su Tratado de instrumentación y orquestación su mayor plasmación teórica. Fue tal el éxito conseguido por la Sinfonía fantástica que, gracias a ella, se le consideró a la altura de Beethoven, comparación que, aunque exagerada, ilustra la originalidad de la propuesta de Berlioz, en una época en que muchas de las innovaciones del músico de Bonn aún no habían sido asimiladas por público y crítica.
Tras el estreno de esta partitura, la carrera de Berlioz se desarrolló con rapidez, aunque no libre de dificultades. En 1833 consiguió la mano de Harriet Smithson, su sueño, aunque la relación entre ambos distara luego de ser idílica. Durante la década de 1830, a pesar del fracaso de su ópera Benvenuto Cellini, otras sinfonías incrementaron la fama de Berlioz: Harold en Italia, basada en un texto de lord Byron, un monumental Réquiem y la sinfonía coral Romeo y Julieta, basada en el Romeo y Julieta de Shakespeare. Un nuevo trabajo, la ambiciosa epopeya Los troyanos, le va a ocupar cuatro años, de 1856 a 1860, sin que llegara a verla nunca representada íntegra en el escenario. La indiferencia y hostilidad con que eran recibidas sus nuevas obras en Francia, son razones que explican por qué los últimos años de su vida estuvieron marcados por el sentimiento de que había fracasado en su propio país.
En su biografía hemos podido deleitarnos con su Sinfonía Fantástica, dediquemos ahora algo de nuestro tiempo en escuchar su Réquiem.











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